La última encina salvaje del Cejo

Hace mucho tiempo que los lorquinos arrasamos los bosques autóctonos que crecían en la sierra del Caño y Peñarrubia...

...siglos de explotación de la madera que fue carboneada para alimentar las cocinas y estufas de nuestros antepasados, por si esto fuera poco, la actividad minera en la Peñarrubia hasta inicios del siglo XX supuso la puntilla para los bosques que crecían cercanos a la Ciudad. Hoy los pinos carrascos de repoblación y alguna mancha de pino piñonero han ocupado el espacio que antaño albergaba a encinas, coscojas, enebros o lentiscos que crecían al abrigo del Cejo.
Sin embargo, la naturaleza siempre guarda sorpresas agradables para aquel que la recorre con atención. Este pasado diciembre me encontraba en la popular subida a las antenas de la Peñarrubia sembrando semillas de coscoja junto a mi buen compañero de reforestación Manu, con el Cejo  delante de nosotros a escasos metros de la pista forestal nos percatamos de un curioso ejemplar de 2 metros que crecía en una pendiente casi inaccesible, descendimos con mucho cuidado y pudimos confirmar que era un ejemplar de encina. En ese mismo instante nos dimos cuenta de la gran valía del pequeño árbol que había sobrevivido a siglos de explotación salvaje de su madera, soportado incendios forestales y aguantado tremendas sequías a lo largo de décadas.
Desde ese instante el ejemplar tenía nuestra absoluta admiración y compromiso para protegerlo. Un superviviente favorecido por la inaccesibilidad de su ubicación, sin embargo la inclinada pendiente que lo ha protegido de los hombres, le genera un problema a la hora de recibir recursos hídricos puesto que la lluvia difícilmente penetra en esa pendiente, esto ocasiona que el árbol apenas haya crecido y que raramente pueda producir bellotas que sirvan para que más encinas pueblen este carismático entorno presidido por el Cejo de los Enamorados.
Si bien es cierto, tenemos que mencionar que muy cerca de allí junto a la senda del mirador del río, existen tres grandes encinas algo castigadas por la falta de agua y el paso del tiempo junto a un cortijo abandonado hace décadas, probablemente los ejemplares fueron plantados y cuidados por los moradores de aquella casa, que previsiblemente se dedicaban al pastoreo, produciendo las encinas valiosas bellotas para alimentar su rebaño en los otoños de la primera mitad del siglo XX.
No obstante, el carácter salvaje y los duros rigores a los que ha estado sometida la encina protagonista de esta historia hace que sea digna de dedicarle unas palabras de admiración y respeto.
A día de hoy, plantar con éxito encinas en los montes que envuelven el Cejo resulta tarea difícil, debido a la gran presión que ejerce la fauna incontrolada (jabalís y arruís) sobre la flora, pero es sobre todo el cambio climático provocado por nuestra irresponsabilidad común, el que hace que sea misión casi imposible que nuestros hijos puedan ver en un futuro ejemplares de encina a unos pasos del centro urbano de nuestra ciudad.
El hecho de encontrar una encina que lucha por sobrevivir en un entorno tan antropizado y pre desértico, es un soplo de motivación para todos los que amamos nuestro paisaje y soñamos con su recuperación.
Pedro Quiñonero.  BosqueO2


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